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28 noviembre 2007

Esta es una historia real del pastor Rob Reid.

EL MANTEL

El nuevo pastor con su esposa, recién asignados a su primer ministerio para volver a abrir una iglesia en el barrio suburbano de Brooklyn, llegó a comienzos de octubre, emocionado por la oportunidad que tenía por delante. La iglesia estaba muy deteriorada y necesitaba mucho trabajo. Se propusieron tener todo listo para su primer servicio, en las vísperas de Nochebuena.

Trabajaron mucho, reparando bancas, enyesando muros, pintando, etc. y el 18 de diciembre ya estaba todo prácticamente listo, antes incluso de lo planificado. El 19 de diciembre una tempestad terrible con lluvias torrenciales azotó el área durante dos días.

El día 21 el pastor se acercó a la iglesia. Su corazón desfalleció al ver que el techo de la iglesia no pudo contener la lluvia, produciendo la caída de un gran pedazo de yeso, de aproximadamente 6 x 3 metros, de la pared delantera del santuario, justo detrás del púlpito. Limpió el suelo y no sabiendo qué más hacer, aparte de posponer el servicio de Nochebuena, se fue a su casa.

En el camino se encontró con que habían instalado una feria de las pulgas con fines caritativos, por lo que entró. Uno de los artículos era un hermoso mantel a crochet color marfil, con un diseño exquisito, colores finos y al medio un bordado de punto cruz. Tenía justo el tamaño como para cubrir el hoyo de la pared. Lo compró y volvió a la iglesia.

Para entonces, ya había comenzado a nevar. Una señora mayor corría por la acera de enfrente para alcanzar el bus, pero no lo logró. El pastor la invitó a esperar dentro de la iglesia que estaba temperada, hasta que pasara el próximo bus, 45 minutos más tarde. Se sentó en una banca de la iglesia y no prestó atención al pastor mientras él conseguía una escalera y materiales para colgar el mantel como si fuera una pieza de tapicería. El pastor apenas podría creer lo hermoso que se veía, y que además cubría completamente el área del problema.

Entonces vio a la mujer caminando por el pasillo central. Su cara estaba blanca como el papel. "Pastor, ¿dónde consiguió ese mantel?", preguntó. El pastor le explicó y la mujer le pidió que revisara la esquina inferior derecha, para ver si estaban bordadas las iniciales EBG. Ahí estaban. Eran las iniciales de la mujer y ella lo había hecho 35 años antes en Austria.

Apenas podía creer lo que el pastor le contó acerca de cómo lo había comprado recién. La mujer le explicó que antes de la guerra, ella y su marido eran gente acomodada en Austria y a la llegada de los nazis se vio forzada a dejar el país. Su esposo la seguiría a la semana siguiente. La capturaron, fue a prisión y nunca más vio a su esposo ni volvió a su hogar. El pastor quería darle el mantel, pero ella quería que lo dejara en la iglesia. Insistió en llevarla a su casa, era lo menos que podía hacer. Vivía al otro lado de Staten Island y había ido a Brooklyn sólo por el día a trabajar haciendo labores de limpieza.

El servicio de las vísperas de Navidad fue maravilloso. La iglesia estaba casi llena. La música y el ambiente eran fantásticos. Al finalizar el servicio, el pastor y su esposa saludaron a cada uno en la puerta y muchos dijeron que volverían. Un hombre mayor, al que el pastor había visto en el vecindario, continuaba sentado en una de las bancas de la iglesia con la mirada fija; el pastor se preguntaba por qué no se marchaba. El hombre le preguntó dónde había comprado el mantel en la pared, ya que era idéntico al que su esposa había hecho hace muchos años cuando vivían en Austria antes de la guerra y se preguntaba cómo podía haber dos manteles tan iguales. Le relató al pastor cómo los Nazis llegaron, cómo obligó a su esposa a escapar por su propia seguridad, y cómo él que se suponía la seguiría, fue detenido y puesto en prisión. Nunca volvió a ver a su esposa o su casa en los 35 años que habían pasado desde entonces.

El pastor le preguntó si le permitía llevarlo a un pequeño paseo. Se dirigieron a Staten Island, a la misma casa donde el pastor había llevado a la mujer tres días antes. Le ayudó a subir los tres pisos de escalas hasta el departamento de la mujer, tocó la puerta y presenció el más hermoso encuentro navideño que pudiera haber imaginado.


SAN LUIS, MERLO ARGENTINA